jueves, 30 de julio de 2015

Condición imaginaria

    La vida no tiene música de introducción, tampoco música de ascensor por la mitad de los años ni un estribillo para cantar en las salas de espera. Así es como, cuando la cordura lo pide, tengo que elegir entre acariciar tu suave silueta tejida con seda twill, o acariciar con las dos manos tu fino y delicado cuello para así cerrar cualquier vía de escape y, todo sin música.

    Anidan en nuestros sueños, pájaros destinados a chocar contra el suelo si no aprenden a volar. Así pues, otros buscamos un nido en el que hacer realidad nuestros sueños. En las dos formas, normalmente, acabaremos estrellándonos contra el suelo haciendo reventar nuestro cráneo en tantas partes como derrotas hayamos tenido. Al menos tenemos a nuestra señora de la limpieza recomponiendo trozos, dando palmaditas en la espalda y quitando el polvo.

    Tengo un problema con la música y contigo, que a la primera cuando quiera la puedo tocar y a ti nunca te he visto. Me parece inverosímil que, lo que más cerca sientes, más lejos de ti coge asiento en el autobús. Disparo preguntas al aire a ver si con suerte mato algún pájaro el vuelo y cae una botella con la respuesta dentro. Pero mi abuelo decía que con este pulso nunca acertaría. Razón no le faltaba. Por eso llevo tiempo dejando los exámenes en blanco.