El miedo acelera la cantidad de sangre bombeada y yo, adicto, saco todo con una jeringuilla clavada en el brazo. Quiero empezar a medir la distancia con la piel de gallina de alguien que me haya dejado acariciarle el brazo con las uñas. También, aprender a redactar mis sentimientos. Aprender a tildar lo que pienso, poder poner un adjetivo a cada minuto vacío de palabras y llenar de pronombres todo lo que mis pensamientos destierran. Quiero ponerle nombre a nuestro acorde. Quiero, puestos a pedir, una escala mixolídea que empiece en mis dedos y acabe follando tu mente. Quiero tanto y aspiro a tan poco. Viajar en barcos de papel y peinar el mar. Bailar y teñir de moretones nuestras rodillas para luego acabar lamiéndolas como gatos que buscan caricias y luego se marchan, con egoísmo y majestuosidad. Con la chulería de poder pagar con cien euros un chicle de cinco céntimos. Quiero ponerme a contar las veces que los astros explotan y compararlas con las veces en las que he tenido que cenar cosas precocinadas porque tus piernas no abren las 24 horas. Dejar, por una vez, de fantasear con agujeros negros absorbiendo y almacenando minuciosamente soles con más brillo que tu mirar. Dejar de deshacer la cama porque sé sostenerme. Dejar de deshacer la cama para no ser otra destrucción por susurros.