Érase una vez, en la tierra donde los sueños mueren y las pesadillas dominan, nacía una inocente niña llamada Julia. Creció y se crió en una pequeña casita llena de polvo, escasa de dinero y la comida justa para cada día. Julia era muy curiosa. Siempre andaba con el dedo bajo la comisura de los labios preguntándose "¿qué pasará si...?". Le gustaba investigar, romper, caerse, llorar... todo para satisfacer su interés y dudas.
Quién sabe por qué, Julia también nació con suerte. Y es así que, en verano, jugó con la muerte y le arrebato la victoria antes de ahogarse en la playa, mientras intentaba buscar el misterio escondido tras esa estrella de mar.
Pero la suerte de Julia, poco a poco se desvaneció.
El mismo mes que cumplía los 10 años, a Julia le ocurrió algo que nunca hubiera pensado posible. Jugaba con la arena y también con Carlos, un compañero de clase. Muy curiosa ella, quería averiguar si la arena era comestible o, más bien, si alguien podía morir por ella sin ser aplastado. Mientras Carlos, caía desplomado de cansancio en la arena, Julia buscaba, muy inocentemente, una herramienta para abrirle la boca e insertar la arena dentro. Cuando poco le quedaba para abrirla, alguien gritó —a los dos niños— desde el otro lado de la calle mientras cruzaba la carretera y un coche reventó las caderas de mientras la cabeza golpeaba violentamente contra el capó del coche y estallaba ensangrentada con el caluroso asfalto.
A los 15, después de otros tantos percances anteriormente, Julia estaba en casa pensando qué hacer para amortizar el tiempo. Pensó, mientras apagaba la televisión, en hacerse un batido de frutas. Fue a la cocina y cogió una batidora grande, de gran capacidad. Puso fresas, plátano, manzanas, un poco de piña y el anillo que se le resbaló de las manos. Con las prisas y descuido, activó la batidora cuando la mano estaba dentro y las cuchillas rellenaron la receta de Julia con la mitad de su mano y mucha sangre.
Julia nunca entendió el por qué de su desgracia.
Cinco años después, Julia acabó con toda su mala suerte. Estudiaba en un pequeño bar de Helsinki, rodeado de sus compañeros del instituto y el tabaco del ambiente. Tenía hora de queda, su madre iba a recogerla en un pequeño parque para luego llevarla al médico. Así, Julia se despidió de sus compañeros y salió del bar en dirección al parque. Con la música en alto y el brillo del sol, no andaba certera sobre sus pasos. Veía a su madre a lo lejos, sonriente, mientras pasaba al lado de un seto alto donde jardineros con motosierras cortaban lo saliente. Julia no escuchó el ruido y, la vista del jardinero estaba tapada por el follaje cuando, con un desliz, la motosierra se deslizó ligeramente de sus manos, clavando los dientes de la sierra en el desnudo cuello de Julia y hacíendola retorcerse de dolor, intentando apartar la sierra con la mano y los brazos, perdiendo litros de sangre y miembros, llorando y sufriendo hasta acabar desangrada en mitad de la acera, a los ojos de su madre.